
" Entonces comprendí que no me pagaban para que yo pudiera irme, sino para poder irse ellos "
Mucho se ha hablado sobre la sequía que sufre Hollywood desde hace años a la hora de plantear nuevas ideas originales. Lejos pasaron los tiempos en que demostraba al mundo el arte de construir buenas historias, películas como Star Wars, Indiana Jones, Tiburón, Jurassic Park, etc fueron revolucionarias en ese sentido, evidenciando dónde se encontraban las grandes mentes del 7º arte. También ocurre en los años 40 y 50, así como la generación que surge en los 70 con Easy Rider a la cabeza. Parece que en las últimas décadas, especialmente a partir de los 90, Hollywood sufre una fiebre por los remakes, los spin off y las sagas interminables, lo que acaba quemando al espectador. La meca del cine ha dejado paso a otros circuitos, especialmente europeos y latinoamericanos, que han conseguido hacer saber al mundo que ellos también podían hacer tantas y tan buenas películas como los compatriotas del otro lado del charco.
Siguiendo con el tema de los remakes, en el año 2007 James Mangold logró conformar un grupo de grandes secundarios y dos actores-estrella de primera fila, como son Christian Bale y Russel Crowe, apoyados por Peter Fonda, Ben Roberts, Kevin Durand, etc, para lanzar una nueva versión del clásico western El tren de las 3:10, protagonizado allá por el año 1957 por Glen Ford (en el papel de Crowe) y Van Heflin (el personaje de Bale). Una primera lectura de estos datos podría llevarnos a tomar una impresión errónea y negativa de la nueva versión, explotando una idea que en esencia es la misma en ambos films, pero Mangold logra dotar a la historia original de algunos personajes y puntos de vista distintos, adaptándolo al western moderno y dando un giro de 180 grados para presentarnos un Western crespuscular en toda regla, circunstancia sin la cual es imposible entender el desenlace de la cinta.
Nos encontramos en Arizona junto al ranchero Dan Evans (Bale) y sus dos hijos pequeños, recorriendo las tierras de su rancho en busca de unas reses de ganado extraviadas, cuando es testigo de excepción de una de las múltiples escaramuzas que la banda del forajido Ben Wade (Crowe) está llevando a cabo, en este caso asaltando una diligencia blindada del ferrocarril. Posteriormente Wade será apresado en solitario por los hombres del ferrocarril y un cazarrecompensas, y también contratarán a Evans para escoltar a Wade hasta la estación de la que saldrá el tren con destino a la prisión de Yuma. Evans necesita urgentemente la recompensa que se le ofrece por el trabajo, dado que su rancho se encuentra en la ruina por culpa de la sequía y de los oligarcas del ferrocarril, lo que le llevará a asumir el trabajo hasta las últimas consecuencias.
El tren de las 3:10 no es un título típicamente crepuscular del género, de hecho, si uno ve la primera hora y media de película realmente asiste a un rescate en toda regla de los claves más clásicas del género, donde una patrulla de hombres debe escoltar a un peligrosísimo forajido, líder de una sanguinaria banda que les pisará los talones a lo largo de medio Estado de Arizona. Todo el camino repleto de trampas, emboscadas, sujetos del salvaje oeste que quieren hacerse a su vez con Wade para cobrar la recompensa o vengar afrentas pasadas, todo ello sin nada que envidiar a títulos más clásicos. A su vez plantea un duelo actoral Bale-Crowe que no queda del todo resuelto, y lo cierto es que ambos actores despliegan sus mejores dotes para hacernos imposible decantarnos por uno u otro, si bien es cierto que el personaje de Wade tiene más matices o es algo más atractivo en esencia, que el mojigato ranchero que cumple con su deber. En ese sentido ambos personajes son como la noche y el día, la luz y la oscuridad, el bien y el mal, que finalmente se cruzarán en un más realista gris. Es ese final de hecho lo que vuelve a cambiar radicalmente la cinta para convertirla en un western crepuscular, una de las últimas historias de la frontera, donde comprendemos que esa banda de forajidos no puede continuar esa forma de vida, y no por dilemas morales, sino por el avance inexorable de los tiempos. Y su carismático líder es el primero que logra entenderlo, gracias a las reflexiones que Evans, padre de familia, arroja a sus ojos. Esta es la única interpretación posible que resiste la película para no caer en un final un tanto increíble y moña.
No conocía al director por su nombre, viendo su filmografía me vienen a la cabeza algunas películas como Inocencia interrumpida, Copland, algunos capítulos de NYC 22, Identidad, donde si bien había alguna mano interesante, con tendencia a las trampas para con el espectador, lo cierto es que no hay mucho más que exprimirle. Es por ello que me sorprende la solvencia a la hora de filmar las escenas de acción, los tiroteos y la dirección de los actores. A este respecto, me es imposible no dedicarle unas palabras a Ben Foster, que interpreta al lugarteniente de la banda, Charly Prince, en una impecable actuación, desprendiendo un salvajismo desmedido que ayuda a meterse en la historia. También el hijo mayor de Evans es una grata sorpresa.
En resumen, una buena forma de introducirse en el género para aquellos a los que pueda costarle algo más acercarse a los clásicos, para disfrutar de una película con un ritmo narrativo fuerte y creciente hasta el clímax final. Buenas interpretaciones, tanto de sus protagonistas como de los secundarios, y un Charly Prince que hace desear su continuidad en la pantalla en todo momento, quizás incluso se hace raro dejar de verle y pasar al resto de personajes.
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